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El término “sostenible” fue acuñado por la Comisión Brundtland creada por la ONU. Sus trabajos englobaban dimensiones ecológicas, económicas y sociales y buscaba encontrar la forma de “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”. Desde entonces, se ha popularizado la “sostenibilidad” y, así, se habla de crecimiento, ecología o desarrollo sostenibles. Que duda cabe que los hombres somos actores fundamentales de la vida en la tierra. Nuestra manera de organizarnos no es indiferente en lo que concierne a la viabilidad de la vida y del planeta. Las consecuencias de nuestros actos y de nuestra forma de hacer influyen en la herencia que vamos a dejar a las generaciones futuras. Al margen de otras consideraciones, parece que hay una coincidencia universal en apreciar en términos generales que el mejor habitat para el desarrollo de las personas es el formado por un padre y una madre en un contexto de estabilidad. Resulta ilustrativo, por ejemplo, cómo el Institute for Public Policy Research (buque insignia del pensamiento laborista británico) afirma que “los padres casados educan mejor”. En internet es muy fácil encontrar numerosísimos estudios e investigaciones que demuestran las bondades de las familias estructuradas en torno al matrimonio estable y comprometido de un hombre y una mujer. Un ejercicio útil puede ser el estudio de las últimas Memorias de la Fiscalía General del Estado para, cruzando sus datos con los del Instituto Nacional de Estadística (INE) en lo referente al número de matrimonios y de parejas de hecho censados, observar que los asesinatos y maltratos de mujeres es diez veces menor en matrimonios que en otras formas de convivencia. Otro hecho constatable es que el fracaso escolar, así como la delincuencia, el alcoholismo y la drogadicción se dan en mayor medida entre los adolescentes y jóvenes que viven situaciones de padres divorciados y familias desestructuradas. Informes recientes apuntan también que se da mayor pobreza en las denominadas familias monoparentales. Hace apenas dos meses un Informe de la Universidad Estatal de Michigan señalaba que el divorcio afecta gravemente al medio ambiente, según los datos del estudio, las familia basada en el matrimonio gastan menos y optimizan más los recursos naturales. No es mi intención emitir un juicio moral sobre el derecho de las personas a elegir el tipo de vida que cada cual quiera tomar. Se trata de mostrar, con datos e informes precisos, que no todas las relaciones “familiares” ayudan de la misma manera a la sostenibilidad del género humano y, por ende, del desarrollo armónico de la sociedad y de la vida en la tierra. La familia basada en el matrimonio estable y comprometido de un hombre y una mujer suele ser nombrada como “tradicional”, término que se suele utilizar de forma despectiva y que conlleva una fuerte connotación negativa y poco atractiva. Este uso del lenguaje no ayuda a mejorar la situación presente ni siquiera en términos de relevo generacional. Por eso mi reflexión y mi propuesta es utilizar con más frecuencia el término de “familia sostenible” para referirnos a la familia entendida como célula básica de nuestra forma de organizarnos. Esa "familia sostenible", estable y estructurada; es la única capaz de cumplir los criterios de sostenibilidad de la comisión Brundtland, y generar ilusión y esperanza en el futuro. Una visión positiva y de responsabilidad compartida favorecerá entre otras cosas un incremento de la natalidad. Sin esa adecuada valoración del proyecto familiar difícilmente se apostará por nuevos hijos. Aníbal Cuevas escribe diariamente en www.seraudaces.es Miembro de The Family Watch |